Alexander Fleming: el hombre que no quiso ser rico

Son muy pocas las personas que consiguen dejar una gran huella en la historia, y aún menos las que, después de realizar un gran descubrimiento y poder patentarlo, renuncian a la riqueza que eso conlleva. Entre el escaso grupo de personas tan altruistas se encuentra Alexander Fleming, un hombre que renunció a patentar su descubrimiento de la penicilina para que todo el mundo tuviese un acceso fácil y económico a ella.

Nació un 6 de agosto de 1881, en la pequeña localidad escocesa de Darvel y en el seno de una familia humilde de labradores. Seguramente, el pequeño Alexander hubiese seguido los pasos de su padre, a no ser por un hecho fortuito que aconteció cuando contaba con unos ocho años de edad y que, a pesar de ser desmentido oficialmente, todavía es narrado en las biografías de muchos historiadores.

Según reza la creencia, Lord Randolph Churchill veraneaba con su esposa y su hijo muy cerca de donde vivían los Flemming, en las proximidades de unas tierras pantanosas en las que, al parecer, se internó Winston, el hijo de los Churchill. Éste, casi murió ahogado en una ciénaga, y se salvó in extremis gracias a la intervención del padre de Alexander, que paseaba por aquella zona cuando escuchó los gritos. A modo de agradecimiento, Lord Randolph Churchill quiso asumir la educación del hijo de los labradores, para que pudiese estudiar una carrera una vez fuese adulto. A pesar de que, como ya he mencionado, la anécdota fue desmentida con el paso del tiempo, lo cierto es que Alexander Fleming sí que llegó a salvar la vida de Winston Churchill muchos años después, cuando durante la II Guerra Mundial el mandatario inglés contrajo una grave pulmonía de la que sólo se salvó gracias a la penicilina.

En 1906, Alexander Fleming, tras trabajar en el campo, ejercer como oficinista y estudiar Medicina, se doctora en la especialidad de Bacteriología, y comenzó sus investigaciones en un laboratorio del hospital St. Mary de Londres. En esos primeros años, ya apuntaba la característica de ser un hombre profundamente desordenado y despistado, que siempre aparecía ante los demás con una ropa anticuada y el cabello despeinado. Al igual que otros muchos jóvenes médicos, se alistó en el ejército en 1914, según estalló la I Guerra Mundial, hecho que cambiaría por completo su vida y que marcaría su destino.

Fue en el frente francés donde Alexander Fleming se percató de toda la crueldad  y crudeza de la guerra, ya que, a diario, veía morir en el hospital de campaña a decenas de soldados, afectados por dolorosas infecciones como la gangrena gaseosa. Aquello le marcó mucho, hasta el punto de jurarse a sí mismo que no descansaría hasta descubrir algún remedio con el que combatir los procesos infecciosos.

Una gripe muy oportuna.

En 1921, Alexander Fleming ya trabajaba de nuevo en los laboratorios de St. Mary, y justamente en aquellos días contrajo una fuerte gripe que le obligaba a estornudar muy a menudo. De forma accidental, los restos de un estornudo fueron a parar a una placa de Petri descubierta, en la que había un cultivo de bacterias, y días después descubrió con asombro como las mucosidades habían acabado con las bacterias. Ilusionado, repitió el experimento esta vez con muestras de su saliva y lágrimas, obteniendo los mismos resultados una y otra vez. Sin quererlo, había descubierto la lisozima, una enzima muy poderosa en la lucha bacteriana.

De casualidad en casualidad.

Aunque la lisozima pronto se mostró muy eficaz contra determinadas infecciones, lo cierto es que no era tan determinante contra otras muchas, lo que llevó a Alexander Fleming a seguir investigando para hallar un remedio sanador más potente. Dado que su vida estaba plagada por los hechos fortuitos, esta vez no iba a ser una excepción, ya que nuevamente una placa de Petri quedó sin cubrir y su cultivo bacteriano se contaminó por un extraño hongo. Ocurrió en el mes de septiembre de 1928, el día en el que Fleming regresaba de unas vacaciones, y comprobó con asombro como una mancha grisácea había arrinconado a la mancha amarilla del cultivo. Tras hacer un raspado, identificó al hongo (posteriormente conocido como Penicillium notatum), cuya sustancia era capaz de matar a las bacterias con una eficacia hasta entonces no conocida. Había hecho su segundo gran descubrimiento: la penicilina.

Un duro calvario para ser reconocido.

En 1929, Alexander Fleming publicó sus estudios sobre la penicilina pero no obtuvo un gran entusiasmo por parte de la comunidad científica. Fueron muchos los que infravaloraron las propiedades del nuevo fármaco y, debido a la escasez de medios en los laboratorios británicos, la obtención y la purificación de la penicilina se fue retrasando durante años. Finalmente, los químicos Ernst Boris Chain y Howard Walter Florey se interesaron por el proyecto y desarrollaron en Inglaterra un método de purificación de la penicilina, que permitiría su síntesis y uso comercial. Antes de esto, los dos químicos y Alexander Fleming, tuvieron que trasladar sus investigaciones a Estados Unidos tras estallar la II Guerra Mundial, dado que en Europa el resultado de la investigación peligraba.

Precisamente, aquel viaje en barco supuso para Fleming un gran dilema, dado que todavía conservaba la muestra inicial del hongo Penicillium notatum que accidentalmente había descubierto en su laboratorio, y no quería que una larga travesía matase al anti bactericida. Para evitarlo, impregnó toda su ropa y el contenido de su maleta con el hongo, y de esta forma solventó el problema.

En 1941, las investigaciones de Alexander Fleming, Ernst Boris Chain y Howard Walter Florey avanzaron rápidamente, y a finales de ese mismo año ya se experimentó con seres humanos. En poco tiempo, el uso de la penicilina se extendió por todo el mundo, pudiéndose por primera vez combatir eficazmente a las infecciones. Ya en 1945, Alexander Fleming, Ernst Boris Chain y Howard Walter Florey recibieron el Premio Nobel de Medicina y Fisiología por su gran contribución al desarrollo de la ciencia.

Alexander Fleming falleció en Londres, en 1955, víctima de un ataque cardiaco. Fue enterrado con los máximos honores en la cripta de la Catedral de San Pablo.

La penicilina en España.

La primera persona a la que se administró la penicilina en España fue a un madrileño, ingeniero de minas, el 10 de marzo de 1944. En tan sólo un día, su alta fiebre bajó de los 39º C. a los 37º C. La segunda persona fue una niña de La Coruña. Ese año, el tratamiento costaba unas treinta pesetas, una verdadera fortuna para la época al alcance de muy pocos. En 1947 el precio ya había bajado a las dieciocho pesetas y en 1952 ya estaba en las doce pesetas.

 

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