La bóveda celestial que no existía II

Durante los 1800 años que siguieron a la época de Hiparco de Nicea los conocimientos acerca de las dimensiones del Universo no avanzaron. Sólo se conocía la distancia real a la Luna y se creía erróneamente que la distancia que nos separaba del Sol era de unos ocho millones de km. Tantas limitaciones a la hora de averiguar las diferentes distancias con respecto a otros cuerpos celestes se debían a las características del modelo de sistema planetario ideado por los griegos, que consideraban a la Tierra como el centro del Universo con la Luna y el resto de los planetas girando alrededor suyo. Más allá de aquellos estaba la bóveda de estrellas que también giraba. Los detalles de este sistema quedaron registrados para la posterioridad en la obra de Claudius Ptolomaeus escrita hacia 130 d. J. y que ha llegado a nuestros días con el nombre de «sistema geocéntrico».

Sistema geocéntrico vs sistema heliocéntrico.

Nicolás Copérnico

El sistema geocéntrico permitió a los astrónomos de la época calcular el movimiento aparente de los planetas respecto al fondo de las estrellas con una precisión buena, pero no válida más allá de la Luna. Por eso hubo que esperar a la llegada de Nicolás Copérnico (1473 – 1543), quien publicó un libro el mismo día de su muerte en el que sugería que era el Sol, y no la Tierra, el que ocupaba el centro del Universo. Nacía así el sistema heliocéntrico.

Lo cierto es que la idea ya había sido sugerida, diecinueve siglos antes, por Aristarco, pero no cuajó por ser demasiado novedosa para la época. De acuerdo con la nueva teoría, era la Tierra y los demás planetas los que giraban en torno al Sol. De esta forma, los planetas conocidos pasaban a ser seis (Mercurio, Venus, Marte, Júpiter, Saturno y la Tierra), descartándose al Sol y a La luna, esta última por no ser ya un planeta en el mismo plano de igualdad. Al girar alrededor de un planeta comenzó a denominársela como satélite.

El sistema heliocéntrico poco a poco comenzó a abrirse paso entre los astrónomos pues coincidía mejor con las observaciones hechas y requería de matemáticas menos complejas a la hora de calcular las posiciones de los respectivos planetas. Este sistema, aunque proporcionaba datos más precisos y simplificaba el modelo matemático, tampoco era exacto, dado que concebía las órbitas planetarias como combinaciones de circunferencias perfectas, concepción que resultó ser inadecuada.

Johannes Kepler resuelve los problemas.

Johannes Kepler

En 1609 una serie de descubrimientos acabarán por limar los fallos del sistema heliocéntrico. Gracias a las excelentes observaciones hechas acerca del planeta Marte por su antiguo mentor, el astrónomo danés Tycho Brahe (1546 – 1601), Johannes Kepler (1571 – 1630), concluyó que la única figura geométrica que coincidía con las órbitas que parecían describir los planetas era la elipse. Kepler demostró que el Sol ocupaba uno de los focos de la órbita elíptica de Marte. Más tarde se comprobó que esta afirmación también era válida para para todos los planetas que giraban alrededor del Sol, así como para la Luna en su órbita en torno a la Tierra.

En 1619 Kepler descubrió que la distancia media entre cualquier planeta y el Sol guardaba una relación matemática con el tiempo que el planeta en cuestión tardaba en dar una vuelta completa alrededor del Sol. Medir los tiempos de revolución no presentaba excesivos problemas, por lo que no resultó complicado compararlos entre sí y calcular la distancia relativa que había entre los diferentes planetas. Así, con este sistema se podía decir que un determinado planeta se encontraba un determinado número de veces a más distancia del Sol que otro, pero no se podía precisar la distancia exacta y real. Es decir: existía un modelo planetario, pero faltaba la escala sobre la que se hallaba construido.

Sólo faltaba determinar la distancia entre la Tierra y un planeta cualquiera para poder fijar la escala y calcular la distancia de todos los planetas. Para eso era necesario recurrir al fenómeno conocido como paralaje, que describiremos en el próximo artículo de la historia de la Astronomía.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *