Las enfermedades más comunes del hígado humano

El hígado es el órgano de mayor tamaño de nuestro cuerpo y cumple con la triple función de digerir los alimentos, almacenar energía y eliminar toxinas. Sin embargo, como cualquier otro órgano, puede enfermar y estas enfermedades hepáticas se pueden deber a tres causas:

  • Enfermedades producidas por virus: como la hepatitis A, la hepatitis B y la hepatitis C.
  • Enfermedades causadas por drogas, venenos, toxinas o por la ingestión excesiva de alcohol: como la enfermedad del hígado graso y la
  • Enfermedades hereditarias: como la hemocromatosis y la enfermedad de Wilson.

Muchas veces una enfermedad hepática no se manifiesta con signos visibles externos. Otras veces, estos se identifican con hinchazón del abdomen y de las piernas, tener moratones con facilidad, cambios en el color de las heces y de la orina, y piel y ojos amarillentos (ictericia).

La hepatitis A.

Es una inflamación del hígado causada por el virus de la hepatitis A (VHA). Se contagia, a través del contacto con las heces de una persona afectada, de las siguientes maneras:

  • Comiendo alimentos preparados por una persona con el VHA que no se lavó las manos después de ir al baño.
  • Beber agua contaminada o comer alimentos lavados con agua contaminada.
  • Llevar a la boca un dedo u objeto que estuvo en contacto con el virus.
  • Tener contacto cercano con alguien infectado.

La mayor parte de los casos no presenta síntomas o, en caso de darse, son similares a los de la gripe, a excepción de un color amarillento en la piel y ojos. Se confirma con un análisis de sangre.

En general, el VHA mejora tras varias semanas sin tratamiento. No obstante, en algunos casos los síntomas pueden durar hasta seis meses. Como medidas preventivas están la buena higiene, vacunarse contra el VHA y procurar no beber agua del grifo si se viaja a determinados destinos internacionales.

La hepatitis B.

Al igual que el caso anterior, es una inflamación del hígado, aunque en este caso causada por el virus de la hepatitis B (VHB). Se contagia por contacto con la sangre, el semen o cualquier otro fluido de la persona afectada. Una madre infectada puede contagiar el virus a su bebé durante el parto.

Muchas veces no presenta síntomas, en otras ocasiones presenta los mismos síntomas que la hepatitis A. Por lo general, se confirma mediante un análisis de sangre.

El paciente afectado por este virus suele mejorar por sí sólo al cabo de unos meses. Si no mejora desemboca en una hepatitis B crónica, que durará toda la vida y que tiene como secuelas inmediatas una posible cirrosis, una insuficiencia hepática o un cáncer de hígado.

La mejor manera de prevenir la hepatitis B es con su vacuna que se aplica en tres dosis. Todos los bebés deben ser vacunados y su administración también es válida para el resto de los niños y las personas adultas.

La hepatitis C.

Como en los dos casos anteriores se trata de una inflamación del hígado, en esta ocasión debida al virus de la hepatitis C (VHC). Por lo general se disemina a través del contacto con sangre infectada, pero también puede contagiarse si se mantienen relaciones sexuales con una persona infectada o transmitiéndose, durante el parto, de la madre al hijo.

La mayor parte de las personas aquejadas por el VHC no manifiestan síntomas durante años. En caso de tener síntomas, como en los dos tipos anteriores, se muestran como los de una gripe o con signos de ictericia. Gracias a un análisis de sangre se puede saber si una determinada persona tiene el virus.

Este tipo de hepatitis no suele mejorar por sí solo. La enfermedad puede durar toda la vida y conducir a una cirrosis o a un cáncer de hígado. En algunos casos las medicinas ayudan, pero pueden ocasionar problemáticos efectos secundarios. Para los pacientes más graves existe la posibilidad de un trasplante de hígado.

No hay vacunas contra la hepatitis C.

Hígado graso.

Esta enfermedad se produce cuando se acumulan grasas en el hígado de forma anormal. Existen dos variantes fundamentales de esta dolencia.

   La enfermedad del hígado graso no alcohólico: se subdivide en dos tipos.

  • Hígado graso simple: cuando el hígado tiene grasa, pero escasa inflamación y ningún daño en las células hepáticas. En general, no suele resultar una enfermedad seria ni revestida de complicaciones.
  • Esteatosis hepática no alcohólica: causa inflamación y daño en las células del hígado. Puede producir fibrosis y cicatrización del hígado, lo que puede desembocar en cirrosis o cáncer.

   La enfermedad del hígado graso por alcohol: se produce por una ingesta desmesurada de bebidas alcohólicas. El hígado, suele descomponer el alcohol para que pueda ser eliminado por el cuerpo, pero este proceso suele generar sustancias dañinas que debilitan las defensas, dañan las células hepáticas y producen inflamación. Esta enfermedad constituye la etapa más temprana de la enfermedad del hígado por el alcohol (hepatopatía alcohólica), siendo las siguientes etapas la hepatitis alcohólica y la

La enfermedad del hígado graso suele darse en personas aquejadas por una diabetes tipo 2 o prediabéticas, en personas obesas, en hispanos de raza blanca, en personas con alta presión arterial o que padezcan colesterol, personas que hayan padecido la hepatitis C, por quienes tomen determinados medicamentos contra el cáncer o también corticoides, y por personas que padezcan trastornos metabólicos.

Esta enfermedad actúa de forma silenciosa y no suele presentar síntomas externos. En caso de presentarse, lo hacen en forma de cansancio o de dolor en la parte superior del abdomen.

Para combatir el hígado graso no alcohólico los médicos recomiendan bajar peso, ya que puede reducir la grasa, la inflamación y la fibrosis en el órgano. Lo principal a la hora de combatir la enfermedad del hígado graso por el alcohol es dejar de consumir este tipo de bebidas. Por desgracia, no existen medicamentos específicos para luchar contra ella.

La cirrosis.

Es un conjunto de cicatrices en el hígado formadas por lesiones o enfermedades prolongadas. Cuando se producen, el tejido hepático no puede hacer lo mismo que estando sano, por lo que se vuelve ineficaz a la hora de producir proteínas, ayudar a combatir infecciones, limpiar la sangre, ayudar a digerir los alimentos o almacenar energía.

La cirrosis puede conducir a:

  • La formación de hematomas y sangrados de nariz.
  • La hinchazón del abdomen y de las piernas.
  • La sensibilidad a las medicinas.
  • La dilatación de las venas del esófago y del estómago, que pueden llegar a sangrar.
  • El aumento de la presión de la vena que entra en el hígado.
  • La insuficiencia renal.
  • La ictericia.
  • Un picazón fuerte o la aparición de piedras vesiculares.

La cirrosis se puede desarrollar principalmente en personas que incurren en un alcoholismo crónico o que han padecido algún tipo de hepatitis. Aunque no tiene cura, se puede evitar que la enfermedad empeore. Tan sólo en algunos casos requiere del recurso a un trasplante de hígado.

La hemocromatosis.

Es una enfermedad en la que el exceso del hierro se acumula en el cuerpo. Las personas que la padecen absorben más hierro del que necesitan, por lo que el organismo no encuentra cómo deshacerse del excedente adicional. Así, el hierro termina almacenándose en el hígado, en el corazón y en el páncreas, pudiendo llegar a dañar estos órganos.

Existen dos tipos de hemocromatosis: el primario tiene un componente hereditario, mientras que el secundario se debe a factores como la anemia, la talasemia, una enfermedad hepática o por transfusiones de sangre.

Muchos de los síntomas de esta enfermedad se parecen a los de otras, tales como un dolor en las articulaciones, fatiga, debilidad, dolor de estómago y pérdida de peso. En algunos casos no se muestran síntomas visibles.

La enfermedad se combate con el uso de medicamentos apropiados y mediante una dieta tendente a bajar las reservas de hierro del cuerpo.

La enfermedad de Wilson.

Es un trastorno hereditario poco frecuente que provoca que el cuerpo no pueda deshacerse del excedente de cobre. Normalmente, el organismo elimina el cobre que no necesita mediante la bilis, pero las personas aquejadas por esta enfermedad liberan directamente el cobre en el torrente sanguíneo. Esto puede dañar el cerebro, los riñones y los ojos.

La enfermedad de Wilson está presente al nacer, aunque suele manifestarse entre los 5 y los 35 años de edad. El trastorno empieza afectando al hígado y/o al sistema nervioso central. El síntoma más visible es un anillo de color marrón alrededor de la córnea del ojo. Se suele diagnosticar mediante un análisis y pruebas de laboratorio.

El tratamiento consiste en medicamentos y en una dieta, de por vida, tendente a bajar los niveles de cobre del organismo. No es recomendable la ingesta de chocolate, moluscos, frutos secos e hígado.

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